Tras aquella breve plática, Luciano salió de la habitación; el hombre definitivamente necesitaba un trago, así que encargó a Amelia con uno de sus escoltas y salió directo a un bar.
En aquel lugar, el hombre, mientras escuchaba música, se perdía en los recuerdos de su vida al lado de Almendra, la madre de su hija.
Tras la muerte de esta mujer, jamás se vio uniendo su vida a alguien más, no podía decir que fuese un santo y que se mantuviera en celibato total, pero jamás se imaginó llevando a casa a una mujer para que la hiciera de madre para su hija; no obstante, la situación que vivía ahora lo ameritaba.
Luciano era capaz de usar los recursos más bajos con tal de que su hija estuviese bien. A él no le importaba nadie más que no fuese su hija, el último vestigio de una buena vida que en algún momento tuvo.
Debido a esta idea, cuando Daniela dijo que se llevaría a Amelia lejos de ellos, la primera en quien pensó fue en Almendra; aunado al sentimiento de culpa, por no haber cumplido con s