Tras aquella breve plática, Luciano salió de la habitación; el hombre definitivamente necesitaba un trago, así que encargó a Amelia con uno de sus escoltas y salió directo a un bar.
En aquel lugar, el hombre, mientras escuchaba música, se perdía en los recuerdos de su vida al lado de Almendra, la madre de su hija.
Tras la muerte de esta mujer, jamás se vio uniendo su vida a alguien más, no podía decir que fuese un santo y que se mantuviera en celibato total, pero jamás se imaginó llevando a casa