Tras unos minutos más, el hombre dejó de teclear en su ordenador, se levantó del sofá y caminó hacia ella y, en un acto que Amelia no esperaba, el hombre la rodeó con un brazo y tomó asiento a un lado de ella; luego le mostró lo que había escrito en el ordenador.
Amelia, al sentir tanta cercanía, al sentir su calor, al oler la colonia de aquel hombre, se sintió realmente extraña.
- Mira lo que he escrito… -dijo Luciano con voz que no mostraba duda.
Amelia posó sus ojos en la pantalla del ordenad