La casa de Santa Cruz del Norte olía a salitre y madera recién barnizada cuando llegaron al atardecer. Las olas rompían contra los acantilados a pocos metros de la terraza, un sonido constante que parecía marcar el ritmo de su nueva realidad.
Pitri recorrió cada habitación con curiosidad científica, comentando en francés, italiano y ruso las peculiaridades de la arquitectura cubana.
—Hablas más idiomas que la ONU —observó Alexander un poco exasperado, tratando de sonar casual mientras desca