La lancha rápida se deslizó entre las olas como una sombra, su motor fuera de borda amortiguado por trapos empapados en grasa. Roberto saltó sobre las rocas mojadas de Boca Camarioca antes de que la embarcación tocara tierra, sus botas militares encontrando equilibrio en el suelo resbaladizo.
— Aquí nadie vio nada —murmuró al pescador que lo había transportado, entregándole un fajo de billetes húmedos—. Y si preguntan, esto nunca existió.
El olor a salitre y combustible se mezclaba con e