El sol del mediodía reverberaba sobre los coloridos pabellones de Connie Island cuando el ataque ocurrió. Pitri acababa de subir al famoso carrusel de caballos de madera, eligiendo un corcel blanco con crines doradas desgastadas por el tiempo. Alexander, con la espalda apoyada contra una columna cercana, escaneaba la multitud con mirada clínica mientras Daniela tomaba fotos del niño.
—¡Papá, mira! —gritó Pitri en ruso puro, sin acento, mientras el carrusel comenzaba a girar—. ¡Soy un cosaco!