El auto negro avanzaba por la carretera costera hacia el apartamento de Daniela. Alexander mantenía las manos firmes sobre el volante, sus nudillos pálidos por la presión.
—¿En qué demonios estabas pensando? —rompió el silencio, su voz cortante como el filo de un cuchillo—. Inventarle esa farsa a tu propio padre...
Daniela clavó las uñas en el tejido de su falda, mirando el paisaje pasar por la ventana.
—¿Qué querías que hiciera, Alexander? ¿Que le dijera: "Sí papá, estoy con un traficant