La brisa salada de Matanzas entraba por la ventana entreabierta de Daniela, pero ni siquiera el aire fresco lograba limpiar el caos en su cabeza. Tres días. Tres días desde Cienfuegos, desde el apagón, desde aquel beso que todavía le quemaba los labios. Tres días sin noticias de Alexander. Entendía que el esperaba que ella diera el primer paso.
Un dos golpes continuos en la puerta la hicieron sobresaltarse. No necesitó preguntar quién era; solo Roberto tocaba así.
—¿Vas a abrir o pretendes