El auto recorría la carretera costera de la Habana, el rugido del motor compitiendo con el sonido de las olas rompiendo contra los acantilados. Daniela observaba el paisaje a través de la ventana, sus dedos dibujando patrones nerviosos sobre el asiento de cuero.
—Ese comprador suizo era un fraude —rompió el silencio, girándose hacia Alexander—. Había un agente de Interpol con él. Se llama Larsen y tiene muy claro que quiere usarme como carnada para atraparte.
Alexander no apartó la vista de