La lluvia azotaba las ventanas de la casa segura, transformando el mundo exterior en un lienzo borroso de sombras y reflejos. Daniela apretaba el teléfono en su mano, el mensaje de Larsen aún brillando en la pantalla como una herida abierta.
—No puedo quedarme aquí —dijo de pronto, alzando la voz sobre el estruendo de la tormenta—. Tengo que ir con mis padres. Si Larsen es capaz de esto, ¿qué no hará con ellos?
Alexander, que revisaba las cámaras de seguridad en la computadora, se volvió ha