Gustavo llegó a la villa y, casi sin pensarlo, se dirigió a la habitación de Sofía.
—Sofía —susurró, pero lo único que escuchó fue un profundo silencio.
Antes, cada vez que regresaba, Sofía salía corriendo hacia él, llamándolo con una sonrisa dulce.
Pero ahora, lo único que encontraba era una habitación vacía.
Su lobo aullaba de dolor dentro de él.
Con pasos vacilantes, entró en la habitación, buscando cualquier pista de los momentos en que Sofía aún lo había amado.
Pero al mirar, se dio cuenta de que todos los dibujos que alguna vez había desechado, todas esas pinturas de ella, se habían convertido en cenizas en la chimenea.
Como Sofía, todo había desaparecido de su mundo.
Él le había advertido tantas veces que dejara de amarlo.
Pero ahora, cuando ella ya no lo amaba, solo podía lamentarse, consumido por el arrepentimiento.
En ese momento, sintió que su corazón se rompía.
Justo cuando se desplomaba en la puerta, recibió una llmada de su Beta.
—Alfa, la encontramos.
Cuando Gustavo lleg