Gustavo regresó a la Manada de la Luna Plateada, pero su corazón parecía haber quedado atrapado para siempre en la Manada del Arroyo.
No podía dejar de pensar en Sofía. Cada vez que su Beta le enviaba un informe, había algo que no cambiaba: Hugo siempre estaba cerca de ella.
Cuando se enteró de que Sofía y Hugo estaban juntos, un vacío profundo se apoderó de su alma.
Toda la vitalidad se esfumó de su cuerpo.
Ya no era el Alfa seguro y dominante que todos conocían... ahora era solo una sombra de sí mismo. Pasaba los días gestionando los asuntos de la manada con eficacia, pero sin emoción alguna.
Comía a la hora indicada, entrenaba como siempre, pero ya no había ni una chispa de sonrisa en su cara.
Con obstinación, reorganizó la habitación de Sofía, como si al hacerlo pudiera engañarse y sentir que ella nunca se fue.
Cada noche se acostaba en su cama, susurrando su nombre en la oscuridad, buscando alguna señal de su presencia.
Marcaba su número una y otra vez, con la esperanza de escucha