La ceremonia de apareamiento se interrumpió por el escandaloso incidente, y los ancianos ordenaron que los presentes se fueran.
Cuando todos se fueron, Gustavo dejó escapar su furia, destrozando todo lo que encontraba a su paso. El anillo de piedra lunar, que debía simbolizar su unión, terminó tirado al lago.
Livia, pálida, se arrodilló en el suelo, rogándole otra vez una oportunidad para explicarse. Pero Gustavo ni siquiera la miró.
La furia y el arrepentimiento se mezclaban en su pecho, devorándolo por dentro.
Llamó a un Gamma de la manada, su voz gélida, y ordenó:
—Llévala al cuarto de castigo.
Media hora después, Livia yacía atada a la piedra del cuarto.
Gustavo la observaba, implacable, su mirada tan fría que helaba el aire.
—Esta sangre nunca fue tuya. Ahora te la quito.
Con un gesto, el Gamma sacó un cuchillo de plata y cortó el brazo de Livia.
La plata ardía contra su piel y un grito desgarrador se le escapó de la garganta.
Las heridas de plata no sanaban, y el dolor seguía ahí