Esa noche Andrea no durmió. El reloj marcaba las tres, luego las cuatro, y el silencio era un cuchillo que se le hundía en la garganta. Lloraba, pero sin consuelo ni debilidad: lloraba con rabia, con ese tipo de llanto que limpia las máscaras y deja ver lo que de verdad hay debajo de una mujer herida, orgullosa, peligrosa.
El llanto se mezclaba con sus pensamientos, con las imágenes que se repetían como una maldición: Aiden hablando con otra mujer. Aiden sonriendo. Aiden mintiendo.
Cuando por f