A la mañana siguiente, Monique despertó y lo primero que vio fue el rostro de su esposo. Él estaba despierto, y notó que la había estado observando. No pudo discernir si llevaba un buen rato despierto o si no había dormido en absoluto. Sus ojos se veían profundos e inquietos.
—Buenos días, babe —la saludó.
Ella mordió ligeramente su labio inferior y luego levantó la mano para tocar suavemente la zona alrededor de sus ojos. —¿Dormiste? —preguntó en voz baja—. Tus ojos se ven cansados —comentó, n