El despertar fue una bruma de dolor punzante tras las sienes y un sabor amargo en la garganta. Isabella abrió los ojos y se encontró en su habitación, envuelta en las sábanas de seda que tanto despreciaba ahora. La luz del sol que se colaba por las cortinas era un castigo.
Se sentó con esfuerzo, frotándose la frente. Recordaba el club, el ruido, la sensación de querer dejar de existir y el frío del garaje... pero después de eso, el vacío.
Al salir de la suite, encontró a Pablo en su puesto de s