La biblioteca de la mansión estaba sumida en un silencio sepulcral, solo interrumpido por el paso de las páginas que Isabella pasaba con una fuerza innecesaria. Pablo estaba de pie junto a la ventana, a los tres metros de distancia exactos que él mismo había impuesto. Su mirada escaneaba los jardines, pero sus oídos estaban sintonizados en cada respiración de ella.
—Señorita, tiene una cita con su modisto en veinte minutos —dijo Pablo, rompiendo el silencio con su voz monocorde.
Isabella ni siq