La mañana siguiente en la mansión Greco amaneció con una tensión que se podía cortar con un cuchillo. Isabella bajó al comedor con una rigidez que rozaba lo inhumano. El maquillaje, aplicado con una precisión milimétrica, lograba ocultar el rastro de la bofetada, pero no podía esconder la frialdad cadavérica de sus ojos.
Trató a las doncellas con un desprecio que rozaba la crueldad, rechazó el desayuno con un gesto violento y ni siquiera miró a Ally cuando esta intentó saludarla. Pablo, de pie