—¡Lárgate! ¡Fuera de aquí! ¡Te odio, te odio a ti y a todos en esta casa!
El grito de Isabella terminó en el sonido seco de un jarrón de porcelana estrellándose contra la puerta cerrada. Pablo, que acababa de ser expulsado de la habitación por una fuerza de la naturaleza bañada en lágrimas, se quedó de pie en el pasillo, con la espalda pegada a la madera fría. Podía oír cómo, del otro lado, ella estaba destrozando su santuario. El estrépito de lámparas cayendo, el rasgar de las cortinas de seda