El gimnasio de la mansión, un espacio acristalado con vistas a los jardines, se sentía como una jaula a presión. Pablo se había quitado la chaqueta, dejando ver la musculatura tensa bajo su camisa blanca con las mangas remangadas. Isabella, por su parte, llevaba ropa deportiva que la hacía ver aún más pequeña y vulnerable de lo habitual.
—La guardia siempre arriba, Isabella. Si bajas los brazos, estás muerta —instruyó Pablo, posicionándose frente a ella.
Ella lanzó un golpe débil, sin alma. Pab