Iris
Regresaba a casa, con el corazón pesado, las manos crispadas alrededor de la bolsa que ni siquiera había tenido el valor de deshacer. Cada paso resonaba en ese pasillo que conocía de memoria, pero que esa noche me parecía extraño, como si la casa misma me rechazara. Tenía la sensación de avanzar en una pesadilla de la que no podía despertar. Raphaël había cruzado otra vez una línea, esa frágil frontera que creí nunca volver a ver, la frontera entre la ira contenida y la ruptura. Esa línea que sentía bajo mis pies tambalear peligrosamente.
El silencio me envolvía, pesado, opresivo. No se oía nada excepto el tic-tac pulsante del reloj en la sala. Sabía que lo encontraría allí, esperándome, su mirada de fuego lista para desatar la tormenta. Pero esa noche, ya no quería un juego de equilibrio, quería una explosión. Tenía que entender, tenía que sentir esa ira contenida y esa desesperación que había mantenido encerradas demasiado tiempo. No era una marioneta que se mueve al antojo de