Mathias
El silencio de Iris me sigue como una sombra.
No una palabra esta mañana. No una mirada. Se levantó antes que yo, se vistió sin ruido, salió del apartamento como si yo fuera transparente. Y tal vez lo he sido. Tal vez al pedirle lo impensable, me he desvanecido ante sus ojos.
El tazón de café permaneció intacto sobre la mesa. No desayunó. Solo una manzana desaparecida de la cesta. Una ausencia como despedida.
Me quedé sentado allí, en el silencio vacío de su aliento, los codos sobre la mesa, el corazón suspendido entre el miedo y la vergüenza. Pensé en correr tras ella. En decirle que no había pensado en ello, que lo había dicho bajo presión. Pero eso sería mentir. Y a Iris le desagradan las mentiras.
Conduzco hasta la oficina, las manos tensas sobre el volante, el rostro inmóvil en una máscara que conozco demasiado bien. La del hombre perfecto. El que sonríe, saluda, hace su trabajo sin fallar. Nadie debe ver. Nadie debe adivinar el temblor por dentro.
El edificio