YELENA
—¿Cuándo volvió tu hermana que no creíste que debías avisarme? —pregunté, de pie junto a la puerta mientras mi marido tecleaba en su portátil como si yo fuera invisible.
No hubo respuesta.
Entrecerré los ojos. —Tristan…
Levantó la cabeza lentamente, y Dios… esos penetrantes ojos azules me clavaron en mí como a un ciervo paralizado por las luces. Mi loba, Lena, ronroneó dentro de mí como una tonta. Juro que con solo parpadear, mi cuerpo entero se quedaría paralizado.
—Te estoy hablando —r