YELENA
Después de horas al volante, por fin vi el letrero de la estación. Apreté el volante con más fuerza, con el corazón latiéndome con fuerza.
Unos minutos más tarde, llegué a la prisión principal. Encontré un sitio, aparqué y bajé. El aire era denso, de esos que te oprimen el pecho, y sentí un nudo en el estómago.
Dos guardias estaban afuera; su presencia hacía que el lugar se sintiera más frío y severo de lo que prometían las paredes resecas por el sol.
Los saludé, con la voz temblorosa a