YELENA
—Al menos dame un beso —dijo en voz baja.
Aparté la mirada. —No soy tu esposa.
Suspiró y se incorporó bien. —¿Quieres que lea la carta, verdad? Si la leo, ¿dejarás de estar enfadada?
No respondí.
—Está bien —murmuró, y finalmente la abrió.
El silencio inundó la habitación, pesado y lento.
Me sorprendí observándolo sin querer. Al principio, nada cambió. Luego, su cuerpo se tensó. Su mandíbula se apretó. Sus ojos... cambiaron.
El azul se oscureció, destellando en tonos dorados. Su lobo est