El aire nocturno de Nueva York se sentía espeso, casi eléctrico.
El taxi se detuvo frente al Saga FiDi, ese restaurante suspendido sobre la ciudad, donde las luces parecen flotar entre los rascacielos. Desde abajo, el edificio era una joya encendida; desde arriba, un abismo.
No debí venir. Pero algo en el mensaje de Isabelle, me arrastró hasta aquí. son solo negocios.
“Negocios”, me repetí una y otra ves, Solo eso.
El Jefe de comedor ( Maitre) me condujo a una mesa junto a la ventana. El crist