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Capítulo 3- Un Mundo Partido en Tres

ETHAN

La ciudad nunca había sido tan grande como esta noche.

He recorrido Boston como un animal herido, oliendo el rastro de Alice en cada hospital, en cada sala de urgencias, en cada pasillo donde el miedo huele igual: a desinfectante, a café frío, a muerte contenida. Mi nombre ya suena gastado en mi propia boca cuando lo repito frente a los mostradores.

—Mi esposa llegó inconsciente anoche. Vestía claro. Estaba bajo la lluvia. Por favor…

Y siempre la misma respuesta.

—No hay registro, señor.

No hay registro.

Como si Alice Miller hubiera dejado de existir.

Subo de nuevo al auto. Golpeo el volante. Mis manos tiemblan tanto que apenas puedo sostener el teléfono. Llamo a Claire. Llamo a su padre. Llamo a cualquiera que pueda saber algo. Todos dicen lo mismo: nadie la habia visto, su padre se alarmo al saber que habia despertado, provablemente debe estar ya de regreso de Washintón

Y cada vez que alguien pronuncia la palabra galería, el estómago se me cierra.

La veo otra vez.

Empapada, con sus hermosos  ojos rotos.

Esa frase.

“Luché para volver a ti… pero ya me habías abandonado.”

—Dios… —susurro contra el cristal—. No era así… no podía ser así…

 Pero por más que trato de engañarme a mi mismo, Sí era así.

Yo la abandoné primero, aunque llamara todos los dias, o aunque viniera cada domingo a visitarla..

Porque se puede abandonar a alguien sin irse.

Salgo del coche frente al quinto hospital. Ya no recuerdo ni los nombres. Entro como un desesperado. El guardia de seguridad me mira con lástima.

—Señor, ya revisamos hace rato. No hay ninguna paciente con esas características.

La palabra paciente me atraviesa.

—Entonces ¿dónde está? —pregunto, más al aire que a él—. ¿Dónde está mi esposa?

No hay respuesta.

Solo el eco de mis pasos regresando al infierno del estacionamiento.

Marco su número otra vez.

Apagado.

Apagado.

Apagado.

Por primera vez en mi vida, empiezo a entender lo que es perderlo todo sin perderlo aún oficialmente.

Regreso a casa.

Entro sin encender luces.

Los juguetes de los niños están esparcidos por la sala. La mochila de mi hijo, el pequeño abrigo rosa de mi hija colgado en una silla. Todo sigue en su lugar. Todo, menos ella.

Me dejo caer en el sofá.

Me cubro el rostro con las manos.

Y entonces, sin poder evitarlo, lloro.

No como el magnate.

No como el CEO.

Lloro como el hombre que acaba de darse cuenta de que quizá ya no tiene derecho a ser esposo.

—Perdóname, Alice… —susurro—. Vuelve. Solo vuelve. Déjame arreglarlo.

Pero el silencio no concede segundas oportunidades.

ALICE

Estoy viva.

Eso debería ser una buena noticia.

Pero aquí, en esta habitación blanca que no reconozco, con un nombre que todavía me duele pronunciar, la vida pesa como una condena.

Respiro. Y me duele.

Cierro los ojos, y me duele.

Abrirlos duele más.

El doctor Liam Maxwell entra sin hacer ruido. Lo sé porque su presencia siempre cambia el aire. No habla de inmediato. Se sienta cerca. Espera. Como si mi silencio también fuera un idioma que él entiende.

—¿Cómo estás hoy, Alice? —pregunta al fin.

Quisiera decir mejor.

Quisiera decir bien.

Quisiera mentir.

—Aquí —respondo apenas.

Él asiente despacio.

—Hoy quiero hacerte una pregunta distinta.

Mi cuerpo se tensa. El sufrimiento también se anticipa.

—Háblame de tu familia.

Es una frase simple. Pero cae como una bomba.

Mi respiración se acelera. Imágenes sueltas chocan dentro de mí: dos niños, unos brazos, un hombre, una traición, una galería, una oficina, una tormenta.

No logro ordenarlo.

—Yo… —mi voz se rompe—. No sé.

No sé cómo decir quiénes son sin que me mate.

—¿No sabes si existen… o no sabes si aún te pertenecen? —pregunta con una suavidad insoportable.

Aprieto las sábanas con fuerza.

—No lo sé —repito, ahora con llanto—. Todo se me mezcla. Los amo. Creo que los amo. Pero… pero no sé cómo volver sin romperme.

Él guarda silencio un momento.

Luego abre una carpeta.

—Cuando llegaste, revisamos tus pertenencias por seguridad. No tenías identificación clara. Pero sí un número. Un contacto marcado muchas veces. Samuel.

Mi corazón reacciona antes que yo.

Samuel.

Mi enfermero.

Mi refugio.

—Él… —susurro—. Él sabe todo. Él puede decirte quién soy.

—Ya lo contactamos. Está en camino.

Un temblor me atraviesa el pecho.

—¿Y mi esposo? —pregunto sin mirarlo.

Liam tarda apenas un segundo más de lo normal en responder.

—No hemos llamado a nadie más.

Trago saliva.

—No quiero verlo. No lo llame, 

Mi cuerpo se sacude con sollozos que no logro contener. Él no intenta detenerlos. No me dice todo pasará. Y se que  no me miente.

—Alice —dice por fin—, estás en una depresión profunda. Lo que pasó te quebró en el punto exacto donde no estabas preparada. No podemos sanar esto con silencio eterno. Pero tampoco con presión.

—Yo no puedo volver siendo la mujer que esperaba —murmuro—. Yo… yo no tengo fuerzas para volver a suplicar amor.

Liam asiente.

—Entonces no vuelvas todavía.

Mis ojos se abren un poco más.

—Aquí no eres la esposa de nadie. No eres la madre perfecta de nadie. Aquí eres solo una mujer que sobrevivió.

Y esa frase… esa frase me cae como una semilla donde antes solo había tierra quemada.

 En el momento en que el médico intento hablar con Alice , se dio cuenta de que  había tratado a cientos de pacientes marcados por el trauma, pero ninguno era como Alice Miller. No porque su dolor fuera más grande que el de los demás, sino porque en ella persistía una dignidad silenciosa, terca, casi imposible después de todo lo vivido.

El la habia encontrado bajo la lluvia, desorientada, una figura encorvada como si el cielo la hubiera estado empujando durante horas. A primera vista, parecía otra emergencia común: una mujer vencida por el estrés, quizá recién golpeada por una pérdida. Nada que la clínica no hubiera visto antes.

Pero cuando abrió los ojos, algo cambió. Había en su mirada una historia inconclusa, un hilo que la arrastraba todavía hacia un pasado que se negaba a soltarse.

Ahora está sentada frente al médico, con la vista fija en un punto invisible de la pared, como si allí permaneciera suspendida la vida que ya no le pertenece.

—Samuel, tu enfermero llegará hoy —le dice él con voz paciente—. Es importante que no estés sola cuando comencemos el tratamiento real.

La mujer responde sin mover la mirada:

—¿Y si no quiero sanar?

El médico la observa un instante, midiendo sus palabras.

—Entonces te quedarás detenida en el momento exacto en que te rompiste.

—¿Y si sanar significa perder lo poco que me queda?

—Entonces tendrás que aprender a vivir sin aferrarte al pasado.

Alice no llora. No protesta. Cierra los ojos con un cansancio que pesa más que su cuerpo.

—Doctor… —susurra—. Desperté de un coma para descubrir que mi vida ya no me esperaba.

El médico guarda silencio. No sabe qué decir. Por primera vez en años comprende que no existe un protocolo clínico para lo que se quiebra en lo más hondo del alma.

ETHAN

El amanecer entra por las ventanas de la sala como una acusación.

No dormí.

Los niños tampoco.

Mi hijo preguntó por su madre hasta quedarse rendido sobre la alfombra. Su manita aún sostiene un lápiz de color celeste. Mi niña duerme aferrada a mi camisa como si supiera que el mundo se le puede volver a romper en cualquier momento.

Los miro.

Y todo duele más.

Samuel el enfermero que contrato para cuidar de Alice no ha dado noticias.

No responde.

Mi teléfono está lleno de llamadas perdidas que no conducen a ningún sitio.

—La perdí —me digo en voz alta—. Y no fue por la lluvia. Fui yo.

Afuera, la ciudad despierta como si nada.

 Pero yo no. Yo sigo atrapado en la oficina donde la vi irse.

Y sé, con una certeza que me quema, que aunque vuelva a encontrarla…

Ella ya no será la mujer que corría hacia mí.

ALICE: Samuel llega al mediodía.

Lo sé antes de verlo.

Porque mi pecho reacciona.

Porque mis manos tiemblan.

Porque el miedo también reconoce a quienes una vez nos salvaron.

Él entra despacio.

Cuando me ve, se le quiebra toda la compostura.

—Princesa… —susurra.

Y ya no aguanto.

Lloro como no lloré ni en la lluvia.

Lloro por mis hijos.

Por mi casa.

Por mi esposo

Por la traición.

Por la mujer que fui.

Por la que ya no soy.

Samuel se queda conmigo.

Y por primera vez desde que salí corriendo aquella noche, no estoy completamente sola.

El médico Liam  observa desde la puerta de la habitación. a la chica

Ella quebrada. mientras su cuidador y amigo la sostenia.

Y piensa, con una claridad incómoda, que algunas pacientes no se curan para volver…

Se curan para cambiar de vida.

Y tal vez, solo tal vez…

Alice Miller no llego a su clínica a reconstruir su pasado.

Vino a descubrir quién puede ser sin él.

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