El lunes amaneció en Boston con un cielo gris plomo, una de esas mañanas en las que el frío parece colarse por las rendijas del alma. En la residencia de Liam, el ambiente era una mezcla de alivio y urgencia. Yo terminaba de cerrar mi maleta pequeña, sintiendo el peso de la libertad a solo unas horas de distancia. Liam tenía una consulta matutina con su paciente estrella y, después de eso, volaríamos de regreso a Francia. Mi padre, David, había decidido quedarse unos días más para cerrar los úl