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Capítulo 4- El Temblor de la Memoria

El doctor Liam Maxwell había aprendido a reconocer el sonido del miedo antes de que el miedo encontrara palabras. No era un grito ni un llanto, sino un quiebre leve en la respiración, un tropiezo del alma dentro del pecho. Ese fue el sonido que escuchó al final del pasillo.

Alice estaba reviviendo algo que la realidad ya no podía contener.

Maxwell entró sin hacer ruido. Samuel permanecía de pie junto a la cama, inmóvil, con las manos tensas. Alice, sentada, se abrazaba el cuerpo como si necesitara sostenerse para no desmoronarse. Tenía los ojos abiertos, pero no miraban la habitación: miraban un recuerdo que se repetía dentro de su mente con la fuerza de un presente.

—Él… —balbuceó—. Yo lo vi… Samuel, yo lo vi con ella desnudos… su boca… sus manos… la oficina… la puerta cerrada…

Su cuerpo comenzó a temblar, no como quien llora, sino como quien es invadido por una memoria que duele en carne viva.

—Alice, mírame —pidió Samuel, desesperado—. Estás aquí. Estás a salvo.

Pero no estaba allí. Estaba de nuevo en la galería, bajo la traición, bajo la tormenta.

—Llevaba un vestido claro… —murmuró—. Quería que me viera bonita… para volver a empezar… y él…

Su respiración se aceleró. El pulso se descontroló.

Maxwell se acercó de inmediato.

—Alice, respira. Estás conmigo. Mírame.

Pero ocurrió la crisis.

Su cuerpo se arqueó hacia adelante, como si una fuerza invisible la atacara desde dentro. Jadeó, arañó las sábanas, negó con la cabeza una y otra vez, intentando escapar de algo que no existía más que en su mente.

—¡No! ¡No! ¡No! —gritó.

Era estrés postraumático en su forma más cruel.

—Preparen 2 mg de midazolam —ordenó Maxwell, firme—. Ahora.

Samuel palideció.

—Doctor, ella…

—Ahora, Samuel.

La enfermera no dudó. El sedante entró en el sistema de Alice mientras su cuerpo aún luchaba contra fantasmas más fuertes que su conciencia.

Poco a poco, los temblores cedieron. La respiración se estabilizó. Sus dedos soltaron el aire que habían intentado aferrar.

Finalmente cayó en un sueño profundo, pesado, inducido.

El silencio llenó la habitación.

—¿Qué fue eso? —susurró Samuel.

—Un episodio grave de estrés postraumático —respondió Maxwell—. Revivió un recuerdo como si estuviera ocurriendo otra vez.

Samuel se dejó caer en una silla, agotado.

—Ella ya venía frágil antes de anoche.

El médico lo observó con atención.

—Necesito saberlo todo —dijo—. No solo como médico. Como alguien que intenta salvarla.

Samuel respiró hondo y habló.

Le contó del tumor agresivo. Del embarazo imposible. De la decisión de Alice de continuar. De las semanas de internamiento bajo amenaza constante de muerte. De la cesárea de emergencia en la semana treinta y seis. De una niña que llegó demasiado pronto. De una madre que entró al quirófano sin saber si despertaría.

Luego habló del coma.

Dieciocho meses.

Dieciocho meses con familiares turnándose para acompañarla, hasta que la esperanza comenzó a cansar y las visitas se hicieron menos frecuentes.

Maxwell entendió entonces. Alice no solo había despertado del coma. Había despertado en un mundo que ya había comenzado a despedirse de ella.

—Hace tres días abrió los ojos —explicó Samuel—. Solo quería ver a su familia. A su esposo. Lo busqué, pero no contestó. Ella se desesperó… y fue a buscarlo.

El resto era previsible.

—Fue a la galería —confirmó Samuel—. Y allí lo encontró con otra mujer.

El silencio cayó como una lápida en la habitación.

Maxwell exhaló despacio.

Comprendía la crisis. Comprendía el derrumbe. Comprendía por qué su mente no solo estaba procesando una traición, sino una secuencia completa de pérdidas: su cuerpo, su tiempo, su maternidad interrumpida… y al final, su matrimonio.

—Samuel —dijo—. Alice no puede seguir en este entorno. Necesita un centro de reposo especializado.

—¿Un psiquiátrico? —preguntó él.

—No. Un lugar donde pueda sanar lejos de los detonantes —respondió Maxwell—. Tengo uno. En Suiza. Privado. Discreto. Especializado en trauma neurológico y emocional. Nadie la obligará a nada.

Samuel respiró hondo.

—No quiero dejarla sola.

—No tendrás que hacerlo. Puedes acompañarla.

—El doctor tratante…

—Hablaré con él —aseguró el médico.

El doctor Graham llegó esa misma tarde. Su expresión cambió al ver a Alice.

—Está como temía —dijo tras evaluarla—. El tumor ya no está, pero el trauma neurológico sigue activo. El estrés postraumático es grave. Y será progresivo si permanece aquí.

Miró a Samuel.

—Ella no puede volver a casa ahora.

Maxwell asintió.

—La trasladaremos a Suiza.

—¿Está seguro? —preguntó Graham.

—Lo estoy. Notifiquemos a su padre.

Graham aprobó la decisión. Samuel soltó el aire contenido.

Aquella noche, la clínica quedó en silencio. Alice dormía profundamente. Maxwell no.

Permaneció en la habitación, sentado a cierta distancia. La luz tenue de la lámpara iluminaba apenas el rostro de Alice. Se la veía joven, hermosa y terriblemente herida. Su respiración era tranquila, aunque sus cejas se fruncían de vez en cuando, como si el dolor quisiera despertarla incluso en sueños.

El médico repasó lo que había escuchado: una mujer que desafió a la muerte para dar vida, que esperó dieciocho meses en un mundo suspendido, que despertó para descubrir que ya nadie la esperaba. Y aun así seguía allí, aferrándose a algo que nadie más podía ver.

Se levantó con cuidado. Ajustó la manta sobre sus hombros. Apagó la lámpara con un gesto lento, casi reverente.

Antes de salir, la observó un instante más. No con lástima, sino con respeto. Estaba presenciando algo que no se enseñaba en ninguna universidad: el momento exacto en que una mujer deja de ser solo víctima para comenzar, sin saberlo, a convertirse en sobreviviente.

Cerró la puerta y la dejó descansar.

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