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Capítulo 2- Entre mi Ruina y mi Destino.

La lluvia cae con una furia que parece hacer eco de lo que siento dentro. El cielo, ennegrecido como si hubiera absorbido mi dolor, descarga relámpagos que iluminan la calle por segundos, arrancando destellos de los edificios grises de Boston. Camino sin saber hacia dónde, con el vestido empapado pegado a mi piel como una segunda capa de vergüenza que me arropa y me aprieta el pecho. Cada paso tiembla. Cada respiración duele.

Mis lágrimas se mezclan con la lluvia, y no sé distinguir qué parte del agua que cae es mía o del cielo. No sé si estoy llorando por traición, por sorpresa, por el golpe brutal de la realidad… o por haber despertado a un mundo que ya no tiene mi nombre escrito en él.

“Luché por volver a ti… pero ya me habías abandonado…”

Mis propias palabras siguen martillando en mi cabeza. Las dije sin pensarlo. Salieron solas, como si el alma las hubiese expulsado antes de que yo pudiera detenerlas. Reales. Crudas. Rotas.

No siento los pies. No siento las manos. Solo un hueco. Un inmenso hueco en mi pecho que parece expandirse a cada segundo mientras la imagen de él… de Ethan… inclinado sobre otra mujer, me arde detrás de los ojos.

Me detengo un momento. Un segundo apenas. Pongo las manos en mis rodillas intentando respirar, intentando que el mundo deje de girar tan rápido. Pero todo parece escaparse de control. Mis recuerdos, mis certezas, mi vida entera… como agua deslizándose entre los dedos.

—No… no puede estar pasando —susurro, aunque mi voz se pierde con el trueno que retumba.

Levanto la mirada. Estoy a varias calles de la galería. No reconozco nada. Mis lagunas mentales empeoran bajo el estrés. No sé dónde está mi casa nueva, no sé a quién llamar, no sé si tengo fuerzas para volver a caminar. Solo veo sombras, luces borrosas, gente que corre buscando refugio… y yo, en medio de todo, sintiéndome como un fantasma recién despertado.

Mis piernas flaquean y mi respiración se corta.

El pecho me punza, Y entonces pasa.

Colapso.

Primero es un mareo suave, como si el mundo se deslizara hacia un costado. Después, un latido seco dentro del cráneo. Finalmente, la absoluta falta de control. Mis rodillas golpean el pavimento húmedo y, por un breve instante, veo mi reflejo distorsionado en un charco: mis ojos apagados, mi rostro pálido, mi cabello pegado a la frente. Una mujer irreconocible.

Trato de incorporarme, pero el cuerpo no responde.

 Siento como mi cuerpo se desploma. Y  toda la ciudad parece desvanecerse conmigo.

Un sonido ajeno rompe el silencio que sigue a mi caída. Un motor suave, elegante, casi silencioso. Faros blancos se detienen justo frente a mí, proyectando mi sombra deshecha contra la pared.

Parpadeo, apenas consciente.

Un auto… plateado… demasiado lujoso.

Mi visión borrosa alcanza a distinguir la imponente silueta de un Maybach, como si hubiera salido de un universo al que yo no pertenezco. La puerta trasera se abre con un clic demasiado perfecto para encajar en mi noche rota.

Una figura masculina baja del vehículo, difusa al principio… hasta que se acerca y el agua resbala en su abrigo negro. No puedo ver su rostro, pero sí su porte: alto, seguro, elegante. Una presencia que hace que todo alrededor parezca detenerse un segundo.

Trato de enderezarme. No quiero que un extraño me vea así, tumbada, derrotada, vulnerable hasta los huesos. Pero apenas muevo los dedos y un mareo me arrastra hacia el vacío otra vez.

—Hey… tranquila… —su voz es grave, cálida, sorprendentemente suave para un desconocido—. Estoy aquí.

Mis párpados pesan como cemento. La lluvia golpea mi piel, pero mis sentidos se apagan.

Antes de perder el conocimiento, siento unas manos fuertes sostenerme por la cintura, evitando que mi cara golpee el suelo. Luego una calidez invade mi cuerpo cuando me recoge en brazos… como si su abrazo temporal fuera la única cosa sólida en una noche que se desmorona.

Lian Maxwell: Qué demonios hace una mujer como ella sola bajo esta lluvia… tan frágil… tan quebrada… y aun así tan increíblemente hermosa. No debería afectar-me, he visto miles de emergencias… pero algo en su rostro… en esa tristeza profunda… despierta en mí algo que no siento desde hace años.

Alice: Despierto de golpe. O, al menos, eso creo.

El aroma de alcohol, desinfectante y sábanas limpias me recibe como una bofetada de realidad. No estoy en la calle. No estoy en la galería. No estoy cerca de Ethan. Estoy en… ¿Dondé estoy?

Parpadeo varias veces hasta que las luces dejan de lastimarme. Mi cabeza pulsa como un tambor. Mis labios están secos. Mi vestido… ya no está empapado. Llevo una bata ligera. Me han cambiado. Me han… cuidado.

Trato de moverme y un dolor punzante atraviesa mi nuca. Gimo involuntariamente.

—No te levantes todavía —dice una voz masculina desde mi lado derecho.

Giro lentamente la cabeza.

Él está ahí.

El desconocido de la calle.

El joven que me cargó en brazos.

Lleva una bata médica perfectamente ajustada. Su cabello oscuro está peinado hacia atrás pero algunos mechones rebeldes caen sobre su frente. Sus ojos… Dios, sus ojos son un tono verde tan claro que parecen incendiarse bajo la luz. Y su expresión… firme, tranquila, como si estuviera acostumbrado a lidiar con el caos de otros.

—Soy el doctor Lian Maxwell —dice con una calma que me obliga a respirar más lento—. Te encontré inconsciente hace un par de horas. Tu presión estaba peligrosamente baja. Tenías hipotermia leve… y estabas desorientada. Te traje aquí para estabilizarte.

Intento procesar todo, pero mis pensamientos van como fichas de dominó cayendo sin control.

—¿Por qué…? —balbuceo—. ¿Por qué me ayudó?

Él me observa con una mezcla de profesionalismo y… algo más. Algo que no sé descifrar, pero que calienta el aire entre nosotros.

—Porque necesitabas ayuda —responde simplemente—. Y porque estabas sola.

Sola.

La palabra me atraviesa como un cuchillo.

Aparto la mirada. Siento cómo la garganta se me cierra y mis ojos comienzan a humedecerse otra vez. Intento contenerme, pero Liam nota el temblor en mis manos.

—No tienes que hablar de lo que pasó —dice en voz baja—. No ahora.

Sus palabras me sostienen más de lo que debería permitir. Y sin embargo, mis recuerdos vuelven como una ola violenta.

La oficina, Ethan, la asistente, sus cuerpos desnudos,la traición.

Mi corazón vuelve a latir descoordinado.

Liam acerca una silla y se sienta frente a mí. No invade mi espacio, pero su presencia es tan firme que me ancla a la realidad.

—Tuviste un colapso emocional y físico —explica—. Y, si me permites decirlo… no era solo agotamiento. Era un dolor demasiado profundo.

No sé cómo lo sabe.

No sé por qué lo dice como si pudiera ver más allá de mi piel.

—No tienes que ser fuerte ahora —añade, más suave—. Solo respira.

Sus palabras rompen algo en mí.

Comienzo a llorar, sin poder evitarlo. Lágrimas gruesas, silenciosas, devastadoras.

El Doctor  no dice nada. Solo espera. Solo me mira con esa paciencia que se siente extrañamente segura.

Cuando la tormenta interna baja un poco, él se levanta.

—Voy a traer algo caliente —dice—. No te levantes. Volveré en un minuto.

Mientras lo veo alejarse, pienso en lo absurdo, en lo inevitable, en lo inexplicable de este momento.

Me acaban de romper la vida.

Y, sin embargo, alguien completamente desconocido… me recogió de la calle.

Me salvó.

Me vio.

Y eso… me asusta más que cualquier tormenta.

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