La mañana se alzaba con un cielo plomizo, pesado, como si el mundo supiera que algo no andaba bien. Leonardo conducía sin prisa, con el ceño fruncido y los ojos fijos en la carretera. El llamado de Valeria seguía resonando en su cabeza: “Estoy en el hospital… Ven, te necesito” . No había explicado más, pero su tono había sido lo suficientemente dramático para inquietarlo.
Aparcó frente a la entrada principal del hospital y descendió de su auto con pasos decididos. Al ingresar, el olor a desinfe