Leonardo estacionó el auto frente a la casa de Valeria. El cielo estaba encapotado, y una brisa suave agitaba las hojas de los árboles que bordeaban la acera. Bajó del auto con rapidez, rodeó el capó y abrió la puerta del acompañante. Valeria lo miró con una expresión cansada, aunque sus ojos brillaban con una chispa que no era del todo inocente.
—Ven, vamos —dijo Leonardo, extendiéndole la mano.
—Gracias, Leo —respondió ella con una sonrisa leve, casi dulce.
Leonardo le rodeó los hombros con c