Valeria se quedó allí, inmóvil, viendo cómo la puerta se cerraba tras Leonardo. Sus labios temblaban y sus manos estaban fuertemente apretadas en puños.
Un torrente de emociones la consumía por dentro. El dolor, la humillación, la impotencia… pero sobre todo, la rabia. Una rabia ardiente que se aferraba a su pecho como un veneno.
Las lágrimas seguían rodando por sus mejillas, pero esta vez no eran de tristeza. Eran de furia.
—Me las vas a pagar, Isabella… —susurró con voz quebrada, pero llena d