Mientras conducía a gran velocidad por la misma carretera que lo había traído hasta allá, una sola frase martillaba en la mente de Santamaría, repitiéndose como un eco feroz, como una oración desesperada:
—¡Que no sea demasiado tarde! —gruñó con los dientes apretados, mientras apretaba el volante.
Victoria, sentada a su lado, iba rígida, sus dedos crujientes sobre sus rodillas, la mirada fija en el parabrisas, pero sin ver nada. Estaba completamente inmersa en sus pensamientos, en su angustia,