La tarde parecía haber ganado un brillo distinto. Teresa y Lúcio se reían de cualquier tontería que decía Gabriel y él, todo lleno de sí mismo, aprovechaba el escenario.
Larissa estaba más tranquila, pero todavía con esa barrera invisible entre nosotros. Ya reconocía cuándo bajaba la guardia y cuándo la levantaba de nuevo.
Estábamos todos sentados en la terraza trasera. El sol empezaba a ponerse y entre el jardín se dibujaba una vista bonita. Entonces, de repente, Gabriel soltó uno de los jugue