(Larissa)
Ya era tarde. Gabriel bostezaba en mi regazo, con los ojitos medio cerrados y los bracitos colgando, como si cargara el cansancio del mundo entero.
Me levanté, acomodándolo para subir, cuando escuché la voz de Alessandro, tranquila y baja.
—Yo lo llevo.
Lo miré un segundo, dudé… pero al final asentí. Con cuidado, le pasé a Gabriel. Alessandro lo sostuvo con ternura, como si fuera de cristal. Vi su mano acomodando la cabeza de nuestro hijo sobre su hombro, y por un instante, mi corazón