(Larissa)
El olor a sangre ya no me provocaba náuseas. Creo que mi cuerpo se ha acostumbrado a la podredumbre de este lugar.
Pero hoy… hoy fue distinto.
Lo vi. Con mis propios ojos.
Vi cómo los hombres de Enzo entraron y empezaron a golpear a Matheus como si fuera un saco de carne vieja. Patadas, puñetazos, culatazos. Ni siquiera tuvo oportunidad de defenderse. Estaba esposado. Gritaba, se retorcía. Y aun así, ellos seguían.
Ahora está ahí, tirado en una esquina de la celda, jadeando. Su respir