(Diogo)
Llegamos al ático en silencio, y podía notar la respiración pesada de Alice a mi lado. En cuanto se cerraron las puertas del ascensor, ella soltó un suspiro y prácticamente se dejó caer en el sofá, apoyando el cuerpo con cansancio.
Me acerqué por detrás, deslicé las manos por sus hombros y empecé a masajearla con firmeza. El gemido bajo que escapó de su garganta me hizo sonreír contra la nuca.
—Hm… esto está de lujo… —murmuró con los ojos cerrados.
—Te lo mereces —respondí, apretando un