(Diogo)
Llegué frente a la facultad y vi a Fernanda apoyada cerca del banco donde habíamos quedado. Su cara estaba demacrada, con ojeras profundas y, aunque ya era delgada por naturaleza, parecía haber perdido peso en los últimos días. Respiré hondo y me acerqué despacio.
—¿Qué es lo que tienes que contarme, Fernanda? —pregunté directo, con la voz más firme de lo que quería.
Ella respiró hondo y bajó la mirada antes de empezar a hablar.
—Mis padres murieron, y desde entonces mi hermana Bia y yo