Pero… nada.
Nada me encendió, ningún escalofrío, ningún deseo. Solo incomodidad y asco de mí mismo. El contacto con ellas, antes provocativo, ahora me causaba angustia. Era como si intentaran arrancarme algo a la fuerza.
Me aparté con delicadeza, pero firme, y me levanté.
— ¿Eh, todo bien? —preguntó la morena, sorprendida.
— Eh… lo siento. No debería estar aquí y esto… no está bien.
— Pero parecías interesado —dijo la rubia, haciendo un puchero.
— Sí, pensé que lo estaba, pero no lo estoy. De v