El coche se deslizaba por las calles de Lisboa con la precisión de un guion. Todo muy limpio, ordenado, casi impersonal. Veía los edificios históricos pasar por la ventana, pero mi mente no estaba allí.
Estaba a miles de kilómetros de distancia. O mejor dicho, en una casa, tal vez tumbada en el sofá, leyendo algo con esa expresión concentrada que ella hacía… o quizá llorando. Por mi culpa, otra vez.
Cuando llegué al hotel, agradecí al chófer con un gesto y subí directo a la habitación que siemp