Pasaban de las siete de la tarde cuando salí de casa. El cielo empezaba a oscurecer, teñido de tonos anaranjados que lo dejaban todo bastante melancólico. Conduje por las calles de la ciudad con un nudo en el pecho. Cada kilómetro recorrido me acercaba más a ella y, al mismo tiempo, aumentaba mi miedo. No sabía con qué me encontraría, Alice podía mandarme a paseo, podía odiarme. Y, sinceramente, tenía todo el derecho.
Tampoco sabía si estaría con ese tío, pero tenía que intentarlo. Iba a ahogar