(Diogo)
Me desperté, tardando solo unos segundos en entender dónde estaba, y extendí el brazo, girándome hacia el otro lado... pero no había nadie allí.
Una sonrisa se formó en mi rostro, de esas tontas que aparecen sin que uno se dé cuenta... ¿Así que se escapó a escondidas?
Eso es nuevo, nunca me había pasado antes. Normalmente, se quedaban, querían repetir y pedían más... se inventaban cualquier excusa para quedar otra vez.
Me senté en la cama pasándome la mano por la cara, todavía sintiendo la sonrisa pegada en los labios. Ella era diferente, lo supe desde la primera mirada intensa que cruzamos y ahora... estaba seguro de ello.
El sexo con esa mujer fue, sin ninguna duda, el mejor de mi vida.
Me levanté, listo para arreglarme, cuando sentí un pinchazo agudo en el pie.
— Ay, joder —murmuré, saltando sobre un pie.
Miré hacia abajo y vi al culpable: era un pendiente dorado y pequeño con una piedrita roja en el centro. Cogí el maldito y me quedé mirándolo unos segundos...
Suspiré. Era