El lobo gigantesco no representaba una amenaza real, como ella temía, ya que solo olfateó a Mateo, acercando su nariz al bebé, quien con mirada curiosa e inocente lo tocaba con su manita.
Marlén creyó que se desplomaría en ese mismo momento, pero al ver que Atlas no dañaba a Mateo, se permitió respirar. Fue entonces testigo de cómo el lobo, mirándola a los ojos y dejándose acariciar por el niño que se convirtió en su ancla de cordura y quien tuvo el poder de eliminar todo rastro de esa pócima o