Ava Hills.
—Hija mía, ¿Dormiste bien?
Mi padre se levantó de la silla y me ayudó a acomodarme en la mesa.
—Sí, amanecí como nueva.
—¡Qué bueno! Me alegro mucho.
La mucama colocó el desayuno en la mesa, yo miré a mi padre, quien leía el diario con rostro serio. Tomó un sorbo de café y leyó la sección de finanzas del diario.
Yo ahogaba mis pensamientos en el jugo de naranja, ese día en particular mi cabeza estaba más enrollada que un cable de cargador viejo.
Me urgía un cambio radical en mi vid