52. Sonrisas ensayadas
Unos veinte minutos después, tras haber cabalgado a un ritmo vigoroso que levantaba pequeñas nubes de polvo a su paso, Malcolm llegó a su castillo. Las torres de piedra gris se alzaban imponentes contra el cielo de esas horas de la tarde, mientras el estandarte con su escudo familiar ondeaba perezosamente con la brisa.
Apenas cruzó el portal principal, dos sirvientes se aproximaron presurosos al reconocer el caballo distintivo de la guardia de Altocúmulo. Sus rostros mostraban curiosidad prude