43. Hilos de oro entre sus dedos
—Te llevaré al Monasterio —declaró Malcolm con voz áspera—. ¿Acaso estás negándote a una orden directa de un Lord Alfa? —sus ojos brillaron con una frialdad que Josephine nunca había visto en ellos—. Podría incluso encarcelarte si lo deseo.
Las palabras golpearon a Josephine como el vapor ardiente de una caldera. Cerró sus ojos con fuerza, intentando contener las lágrimas que amenazaban con traicionar su determinación.
—Bien, déjame ahí en el Monasterio Altocúmulo. Yo me las arreglaré —dijo, abr