130. Tres contra uno
El anciano se apresuró a salir del círculo de combate, refugiándose entre los espectadores lo más rápido que sus piernas artríticas se lo permitieron.
Malcolm suspiró y se colocó en el centro de la improvisada arena, con una espada en cada mano y los músculos tensos como resortes. Sus ojos grises se movían constantemente entre sus tres oponentes, calculando distancias, evaluando ángulos de ataque, buscando el patrón en sus movimientos.
—¡Mátalo, Brutus! —gritó alguien desde la multitud.
—¡Hazlo