6. La fruta podrida cae sola, pero hay que empujarla.
Narra Ruiz.
Hay algo en el silencio que me irrita más que un balazo mal dado.
Cuando alguien como Lorena no da señales de vida después de una noche así, no es prudencia, no es distancia. Es ruido disfrazado. Es tormenta a punto de caer.
Mi celular vibra sobre la mesa mientras el café se enfría.
Es Lázaro, uno de mis ojos en la calle. Tiene ese talento para pasar desapercibido entre los hombres con trajes caros y las prostitutas con maquillaje corrido. Un soplón discreto, eficiente, y sobre todo