52. Una diosa encerrada, un mundo en ruinas.
Narra Ruiz.
El club huele a muerte.
Pero de esa que no sangra, la otra, la que se arrastra en las paredes, la que se mete en los huesos de los hombres y los hace dudar. Una peste sin fiebre.
Yo la veo.
La siento.
La escucho.
No porque esté loco. Aún no. sino porque cuando llevás años en este juego, desarrollás el olfato de los animales que sobreviven entre el barro.
Y lo que huelo… es traición. Otra vez.
Me siento solo en la oficina más cara de este antro de putas y fantasmas.
Los ventanales e