361. El orden invertido.
Narra Gomes.
Lo supe incluso antes de que el primer canal del intercom estallara en un zumbido de estática artificial. Lo supe por algo más sutil, más inquietante, más primario: el silencio. No un silencio cualquiera, sino uno de esos que nacen con intención, moldeado como una trampa de relojería, preciso, quirúrgico. Demasiado limpio para ser casual. Demasiado prolijo para ser humano. Un silencio que no era ausencia de sonido, sino una presencia. Como si el teatro mismo —ese viejo monstruo de